22 de Abril de 2013

Frustraciones tecnológicas

Posted by Paranoid en Miscelánea | 12:31

Uno pasea tan feliz por Salamanca, de bar en bar, y se encuentra con una imagen que le parece hasta graciosa. Es esta. Con la cantidad de cerveza que ya llevaba encima, casi la presento a los Pulitzer…

Lo que decido automáticamente es presentarla al señor Twitter y mis queridos y correspondidos acólitos. Fácil, ¿no? Vivimos en la era de la tecnología. La sociedad de la información hasta en los huesos. Entramos en otro local, garito o mazmorra alcohólica y, mientras saboreo una rica crema de güisqui, me pongo a ello. Pasos:

1. Busco la imagen en el móvil y pido compartirla mediante la app de Twitter. El mensaje no sale del dispotivo.

2. Reinicio (no puedo cancelar la acción) y lo intento de nuevo. Idéntico resultado.

3. Decido hacer lo mismo, pero a través de la app de Hootsuite. La foto no se carga.

4. Despotrico. Recibo unos guasaps. Tengo conexión. Despotrico de nuevo.

5. Me voy a la página de Twitter a través del navegador (Opera). No puedo acceder.

6. Lo intento a través de la página de Hootsuite. Ni siquiera puedo introducir mis datos de login.

7. Voy al baño y vuelvo. El portero del Valladolid salva un gol seguro.

8. Repito los pasos 5 y 6 pero mediante el navegador que viene con Android. ¿Os imagináis el resultado?

9. Pido otra crema de güisqui. Me frustro. Me olvido.

[…]

10. Lunes por la mañana. Retomo la misión suicida después de rebajar a la mínima expresión las dimensiones de la foto. Pesa menos que una modelo profesional de pasarela. Pruebo 3 opciones casi al azar. No funciona.

11. Pues nada, a lo de siempre. Vía PC. Hootsuite no se abre (página capada). Twitter se atraganta: “sobrepasado el tiempo de carga de foto”.

12. Lloro.

13. Consigo hacerlo de la forma que menos me interesa. En los tiempos que vivimos, sería algo parecido a calentar el café de por la mañana tras hacer fuego a base de golpear piedras.

Maravilloso

Paranoid no escucha música porque a Grooveshark no le apetece trabajar

14 de Febrero de 2013

Posted by Paranoid en Sesiones (con Gordon Geco) | 13:46

Mi mañana es una reunión
Mi reunión es una mañana
Mi mañana es una mañana
Mi reunión es una reunión
Soy una mañana de reunión
Soy una reunión de la mañana
Soy una mañana
Soy una reunión
Soy
No soy

Paranoid escucha You in Reverse, de Built to Spill

30 de Diciembre de 2012

Reflexiones de cuello alto

Posted by Paranoid en Miscelánea | 13:51

Conversación, anoche, en un restaurante japonés. Protagonistas: camarero asiático y cliente español con gafas redondas, jersey claro de cuello alto y comentarios (hasta el momento) de pretendido tono sesudo.

Cliente: Oye, perdona el pescado este amarillo, el que venía encima del arroz, ¿qué pez es? Porque me ha gustado mucho.

Camarero: ¿El amarillo? Ehhh, tortilla.

Cliente: ¿Pez tortilla?

Camarero: Umm, no, de huevo.

Cliente: Ah, ejem, vale. Gracias…

Paranoid escucha Porcupine Tree.

4 de Diciembre de 2012

Happy Birthday

Posted by Paranoid en Miscelánea | 10:05

Hubo una antítesis y claro, en algún momento tenía que llegar la versión amable, bonica, pro Ultrasónica. Qué mejor que el día de su cumpleaños y más estando tan lejos como está, en La pérfida albión.

Busca por ahí abajo, C, encuentra a Parchís y deja que lo canten para ti.

Felicidades.



Pro Ultrasónica by Victor Regidor on Grooveshark

29 de Octubre de 2012

La tierra vista desde arriba (en 1929)

Posted by Paranoid en Cementerio de los libros olvidados | 23:24

Tras dos meses sin aparecer por aquí, he pensado que había que escribir algo que realmente valiese la pena. Y claro, para eso será mejor fiarse de los demás. Así que allá va un pequeño fragmento de Manuel Chaves Nogales. Forma parte de su libro, La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929), que acaba de ser editado por Libros del Asteroide y que contará con la oportuna entrada en Mandarina Magazine, como no podía ser menos.

Lo mejor, que este texto te lo encuentras muy al principio del libro. Promete…

“La Tierra —esto se ve en seguida— no es nuestro domicilio natural. La Tierra es una vieja calva, fea, llena de arrugas, basta y grandota, con la que no puede uno entenderse. Más que nuestra madre la Tierra, es nuestra tía la Tierra; nuestra tía abuela.

Cuando se la mira atentamente a una distancia adecuada, se advierte que es demasiado vieja para ser nuestra madre; no nos forjemos ilusiones; no somos sus hijos. Seguramente ella no nos considera más que como una despreciable degeneración de su descendencia. Sospecho que, mejor que con nosotros, se entendía esta vieja gruñona con aquellos animales fabulosos de ochenta o cien metros, aquel mamut y aquel ictiosauro prehistóricos a los que debió acoger en el regazo de sus valles más amorosamente que a nosotros. A nosotros nos tolera por desidia; es una vieja sucia que por no sacudirse aguanta este enjambre de piojos que es la humanidad.”

Paranoid escucha Nothing Left, de Audioslave

3 de Septiembre de 2012

Camping: noche infernal

Posted by Paranoid en Miscelánea | 23:05

Hace una semana, aproximadamente. Primera noche en el camping de Caños de Meca (cerca de la playa de Zahora, Cádiz). Lau y yo envalentonados por nuestra eficiencia a la hora de montar la tienda, una actividad cuasi primeriza para ambos, y extasiados por el entorno, decidimos irnos a dormir bajo un pensamiento común: “esto mola”. Cerramos el telón, se abre el del lugar demoníaco y comienza un espectáculo dirigido por el mejor maestro de ceremonias… de Guantánamo.

Si no recuerdo mal, el big bang de las molestias se inició con la conversación filosófica de dos de los diez colegas que habitaban algunas tiendas contiguas a la nuestra. Ellos, que se quedaron por carecer de combustible en su coche, arreglaron el mundo en general y el suyo en particular con voces que se agrietaron a lo largo de la charla.

Poco después de comenzar este diálogo, un pájaro (a saber de qué especie) decidió buscar a su igual con llamadas cuyos decibelios sobrepasaban, con creces, los de un cuatrimotor despegando desde tu oreja. Decía esto: Uuuuuuuh, uh uh uh uh, uuuuuuuuuuuuuuuuuuuh (esta última parte emitida con la vergüenza de quien se sabe molesto). El bicho (asumo que era un bicho) se calla a la media hora tras obtener dos respuestas del otro lado del camping. Pero el daño mental ya estaba hecho.

Puede que como respuesta a este desatino verbal, los dos compañeros de la tienda de la parcela sur se activaron para entrar y salir de forma repetitiva en la furgoneta (que no tienda) en la que se refugiaban. El vehículo era antiguo, la puerta enorme y el sonido que hacía al correr sobre el carril y activarse el cerrojo, desquiciante. Sobre todo a la décima ocasión. Que los dos protagonistas caminasen en chanclas no ayudaba: clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap…

Toda esta actividad nocturna se apoyaba en una potente base rítmica que conseguía un hecho incontestable: aunque la procedencia de los sonidos resultaba dispar, su conjunto no parecía deslabazado. El autor de este milagro hacía como que descansaba a unos 10 metros de nuestro punto infernal. Jamás, insisto, nunca nadie había escuchado roncar de esta forma a un ser vivo. No quiero saber qué dormía ahí dentro, si es que dormía. Pero sospecho que tenía cola enorme de lagarto, escamas y una boca que expulsaba fuego. Ojipláticos en la colchoneta, cuando el silencio del resto de los protagonistas facilitaba su propagación, Lau y yo asistimos a un fenómeno de la naturaleza sólo comparable a la lucha del mar, en su peor día, contra los acantilados más testarudos. Esperpéntico. En un momento pensé que toda su tienda, grande y gorda como el ser, supongo, iba a introducírsele por las vías aéreas. Estructura incluida.

Entre temblores y con un sudor que asemejaba escarcha, me armé de valor, me protegí con un escudo y la espada anti orcos y salí a la oscura noche: “Oiga… esto… ¿Podría usted? ¡Disculpe!” Obviamente no obtuve respuesta. Si el bicho no se despertaba por sus propios jadeos destructivos, no iba a hacerlo ante un intento de interpelación educado y formal. Más aún si además, de la madriguera, escapaban también los sonidos típicos de una película de aventuras (espadas y demás), que la cosa veía antes de caer rendido en los brazos de Morfeo.

Así que volví a mi tienda, con el sabor del fracaso en la boca, entre ronquidos rompe tímpanos pero ufano por el descanso al que se habían entregado los colegas filosóficos y los probadores oficiales de puertas de la Ford Transit, modelo 1995. Ya, pensé, sólo faltaba que los dos garitos que flanquean el terreno olvidasen las noches más activas del verano y cerraran sus puertas, encerrando hasta la madrugada siguiente la actuación tipo karaoke (Garito A) y las rumbas y popurrís aflamencados (modo B). Lindo sopor…

Hasta las 4:40, sí, como la gente que acompañaba a Juan Luis Guerra. Pensé que el cielo se caía sobre nuestras cabezas o que alguien había soltado en los alrededores a varias agrupaciones de habaneras en los prolegómenos de sus actividades de afinación. Aunque el ruido, capaz de atemorizar al mismísimo Iker Jiménez, provenía de una decena de gallos en pugna vocal, todos arremolinados en un mismo terreno. Anexo al camping, claro está.

Nadie puede imaginar el daño al ánimo que puede causar un coro de estas características. Despertar en medio de una dura madrugada entre los alaridos escupidos en común por todos los espectros de la zona puede provocar calvicies y disfunciones eréctiles. Crucemos los dedos. El recital duró, y se repitió durante los días siguientes, alrededor de media hora. Sin orden aparente, varios de los simpáticos animalitos gritaban como si les hubieran pisado las patas una noche de verano en la que decidieron calzar sandalias. Mención especial merece el pobre espécimen que, aún sufriendo vegetaciones (como su antepasado de la aldea gala), intentó ocupar esa plaza preferente que por su fuerza, por su persistencia, en algún momento ocupó en el pasado. El bicho, superado por jóvenes musculosos, al menos no dejó de intentarlo. Para regocijo nuestro, ya presos de una risa descontrolada, nerviosa, relajaesfínteres

Volveremos.

Paranoid escucha The Dead Weather

14 de Agosto de 2012

Sustracciones en el frío

Posted by Paranoid en Miscelánea | 17:54

Cosas que te pueden pasar cuando se comparte frigorífico (extraído de una conversación de ayer). Por 25 pesetas, como diría Estadella en el Un, dos, tres:

● Que tu compañera de piso utilice tu leche y, para disimular, rellene el brick con un buen chorro de agua.

● Que ese con el que compartes piso robe productos como, por ejemplo latas de atún, y luego te comente: “Oye, que no sé si te habrás dado cuenta, pero te has quedado sin atún. No se te olvide comprar”.

● Dejar dos tuppers dentro de una bolsa en el frigorífico del curro. Que alguien abra la bolsa, mire en el primer tupper, no le convenza el contenido (pescado), revise el segundo y se coma las croquetas caseras. El contenedor, por supuesto, se queda donde estaba.

● Y claro, el clásico de la leche en el curro. Alguien te pregunta. Tú, de forma sorprendente, siempre llevas leche en el coche (siempre, sí, otro día contaré la historia), así que le das un litro. Esa persona lo comienza. Lo usa mínimamente para completar un café con leche y lo deja en la nevera. Al día siguiente queda el culín.

● Otro laboral. Bandeja de fruta que Lau deja en el frigorífico con una pieza, una sólo, para la tarde. Cuando baja tan contenta a por ella, el recipiente sigue allí, sí, pero no la fruta…

Paranoid escucha Neutral Milk Hotel

31 de Julio de 2012

Goodbye Stranger

Posted by Paranoid en Miscelánea | 20:26

El verano suena a Goodbye Stranger. Lo escucho y desaparezco. Ahora tengo un tercio de mi edad actual y pierdo el tiempo sobre un sofá algo ajado que, en su adolescencia, soñó con ser de piel. Después de comer, espero a que se cumpla un límite horario que nunca comprendí. Rebusco entre los cedés de mi tío. Él posee el primer reproductor de la familia y una colección de música que merece mi admiración. La primera vez que elegí, dudé entre The Beatles, Dire Straits y Supertramp. Los tres nombres navegaban por el horizonte de mi mente. Escogí el último por alguna razón que no tengo muy clara. Quizá por la portada (seguramente). Ahora no lo pienso. Cada tarde me dejo caer mientras mi familia, en la sala contigua, toma café. Aprieto el botón, se abre la bandeja con su ruido característico y deposito el disco con todo el cuidado del mundo (creía que eran muy caros y también muy delicados). Cierro y “play”. Subo volumen. Abro el libro. Comienzo con el ritual vespertino que se repite durante un largo mes, el tiempo en el que la estación se hace con una legión de sinónimos: calle, piscina, carreras, bicicleta, frontón, amigos, juegos en la noche, algo de vandalismo infantil, pueblo, fiestas más o menos inocentes… Despreocupación. Una sensación de libertad sólo cercenada por algunas (y no demasiadas) imposiciones. Un aura de disfrute e ingravidez que se oscurecía el mismo momento en el que las puertas de aquel coche oscuro se abrían para mi. Volver significaba mucho más que lo que dictaba su definición.

Paranoid escucha Supertramp

18 de Julio de 2012

Adiós

Posted by Paranoid en Cosas serias | 19:50

Le conocí por los pasillos hace cuatro años. Más bien, me conoció él a mi. “¿Qué tal? Eres nuevo, ¿no? ¿En qué departamento trabajas?”. No medió palabra previa alguna. Quizás un presuroso saludo del que todavía no conoce su nuevo territorio. Parecía algo más joven que yo.

Intercambiamos un par de diálogos más después del estreno. Siempre del estilo. Nos encontrábamos, nos saludábamos, hablábamos un minuto y nos despedíamos. Yo me alejaba con un pensamiento permanente dirigido hacía la simpatía del tipo y su brutal vitalidad. Era un tío feliz, siempre con el optimismo grabado a fuego en su cara, sonrisa perenne y alegría suficiente como para envasar y regalar con un suplemento dominical.

Pero un día desapareció. Simplemente dejé de verle, algo que sucedía a menudo. El edificio es grande y podría deambular por él durante meses sin encontrarme con una persona concreta. Enfermó. Eso me dijeron después y eso me confirmó a su vuelta, cuando me topé con él en la entrada y me detalló lo ocurrido. Cáncer. “Pero ya estoy bien, tío. El día 27 me dan unos resultados y serán los definitivos, ya verás”. Le vi más gordo y con el rostro ajado, pero debajo de cierta palidez y de unas ojeras profundas sobrevivía una capa fina de frescura que amenazaba con la reconquista. No lo dudé entonces y ni me lo planteé el famoso 27, el día en que me miró a la cara y me soltó sin ambages: “tío, todo ha terminado. Ha ido genial. Todo perfecto”. Seguía sin conocerle. Seguía siendo un tío con el que me cruzaba por los pasillos.

Poco después me enteré, me comentó una compañera, que Jesús recayó. No había ido tan genial. No era todo tan perfecto. Otra baja de meses con resultado incierto pero preocupante. Una baja definitiva.

Ayer me contaban que mostró su vitalidad, su optimismo, su sonrisa, su ánimo… hasta el final. Hasta un final que ocurrió el pasado sábado. Sin hacer ruido, algo, que por cierto, sí se salía de su estilo.

No se me ocurre una despedida adecuada. O igual sí: hasta que te vea por los pasillos.

Paranoid siente volver así

10 de Junio de 2012

Posted by Paranoid en Miscelánea | 23:48

Latitude juega a ser House, a decir la verdad sin contemplaciones para con el enfermo. Latitude demuestra su crueldad en cada gesto y comentario: “¿sabes esa persona con la que compartes tu vida desde hace años? Sí, la que eligió este icono la noche antes de irse. Seguro que sabes de quién te hablo, lleva casi 20 días fuera y aún le quedan unos cuantos. ¿Ya has adivinado? Pues mira. No, aleja un poco más el mapa. Más hombre, dale a la rueda sin miedo, que no se rompe. Un poco más. ¿No ves? Cambia la resolución. Casi, casi, casi… ¡ahí! Exacto, en la otra punta del mundo. Y luego se va más lejos, espero que lo sepas. Y no te digo los kilómetros porque de repente me ha venido un aire de benevolencia.” A veces… no, siempre prefiero no ilustrar separaciones con mapas. La ceguera se convierte en el mejor antídoto. Pero no es infalible.

En mi diccionario, he añadido un par de sinónimos al lado de la palabra “frustración”. Dice así en su segunda acepción: “Viber, Skype y otras aplicaciones que te prometen el paraíso y te dan un local comercial en el ensanche de Seseña (Toledo)”. El día a día ofrece una rutina perentoria. Justo después de comer, un guasap me advierte con un “te llamo”. Vamos por el camino del Viber. Arrastro icono y cojo llamada. Se escucha su voz, pero no la mía. Segundo intento, no se escucha su voz, pero sí la mía. Tercero (llamo yo), silencio sepulcral. Cuarto, hablamos, pero existe una bonita diferencia temporal de forma que mi contestación a sus preguntas o comentarios llegan cuando mi digestión ha finalizado. Frunzo el ceño (expresión difícil de decir…), me arrugo, me marchito, me enfado… Me frustro. Mucho. No os imagináis hasta qué punto uno odia al mundo (y a los desarrolladores en particular) cuando resulta imposible algo en general tan sencillo como mantener una conversación. Con alguien con quien he conversado tanto… Caza y captura de una solución. Conecto Skype. Sólo hago un intento, alguno más significaría abrazar el ideario bonzo en su variedad más pirómana.

Y huelo a chamuscado.

Paranoid escucha Islands en su cabeza

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