Una luz naranja (sábado noche)
Despido a Ultrasónica. Son casi las cinco de la mañana. Giro y avanzo acurrucado en mi chaqueta en dirección a mi casa. Me encuentro de frente con el Hospital Clínico y una luz me llama la atención. Tampoco es exactamente una luz, se trata de una súbita claridad, un cambio de tono en la superficie homogénea del gran edificio: rojo y totalmente a oscuras.
Hay una habitación semiluminada en una de las plantas finales (11 ó 12), justo debajo de la vidriera de la capilla. El color que se adivina, naranja, induce a pensar en la debilidad de la fuente lumínica más que en la tonalidad de la pintura (naranja en un hospital suena raro). Una sombra se recorta en la ventana. Parece que mira de frente. Parece una persona grande. Todo es apariencia, la distancia juega su papel.
La imaginación también. ¿Quién observa por el cristal la fría y vacía noche vallisoletana? Puede ser un empleado, un enfermero o limpiador nocturno (parece un hombre) que disfruta de una pausa en su labor rodeada a partes desiguales de dolor y esperanza. El olor, la quietud, el aspecto del edificio le han aturdido, la escapatoria se encuentra muy cerca. A cero grados.
También, por qué no, es posible que el testigo nocturno sea un huésped temporal (o no, o definitivo). Un enfermo que se ha escapado de las ásperas sábanas, ha activado una pequeña lámpara y anhela el exterior, la libertad de vivir una vida normal, sin ningún tipo de ataduras más allá de las que ya nos sujetan a todos. Lo siento. Si pienso en un trabajador, lo veo como tal. Si pienso en un enfermo, la imagen se torna hacia la silueta de un fantasma, algo o alguien que anuncia, demasiado tarde, una inquietante irreversibilidad.
Antes de cruzar por completo el aparcamiento me asalta otra idea. ¿Y si lo que observo, el que observa, acompaña a un enfermo? Tampoco es una posibilidad descabellada. Las cinco de la mañana. Insomnio provocado por la tensión del lugar y el estado de su familiar o amigo. Un padre con su hijo ingresado, un hijo cuyo padre, muy mayor, se desvanece hacia lo desconocido, una madre que vela el sueño de uno de los suyos (no está grave, pero la asepsia de la atmósfera propaga la preocupación sin barreras). Alguien cuya presencia en el hospital es tan indirecta como obligada.
La Casa del Estudiante casi me tapa la escena. Centímetros antes de que ocurra, la luz desaparece. El edificio se mimetiza con disimulo en la oscuridad reinante. Aquí no pasa nada.
Paranoid escucha Razorlight
el 8 de Enero de 2010 a las 14:57
Es increíble cómo podemos llegar a divagar acerca de lo que nos rodea sin tener claro cuál es la verdadera realidad. ¿No te has quedado a veces mirando a la gente y pensando qué pensarán, dónde irán, cómo serrán sus vidas?
Yo a veces lo hago, y me pregunto qué imaginaran de la mia cuando paso por su lado
el 11 de Enero de 2010 a las 22:00
¿No ibas borracho, no?
el 15 de Enero de 2010 a las 10:51
a mí me pasa mucho eso de montarme “películas” de la gente que veo, en el metro por ejemplo me he montado auténticos folletines
…por cierto, me parecía estar enfrente del clínico en la fría noche pucelana que tan bien conocemos…
el 16 de Enero de 2010 a las 22:18
Yo creo que iba beodo…
el 17 de Enero de 2010 a las 19:09
Si hubiera estado beodo hablaría de dos ventanas. Sólo veía una
. En cuanto a divagar y montarme películas, si, también soy muy dado. Seguro que tiene una patología psicológica asociada…