3 de Septiembre de 2012

Camping: noche infernal

Posted by Paranoid en Miscelánea | 23:05

Hace una semana, aproximadamente. Primera noche en el camping de Caños de Meca (cerca de la playa de Zahora, Cádiz). Lau y yo envalentonados por nuestra eficiencia a la hora de montar la tienda, una actividad cuasi primeriza para ambos, y extasiados por el entorno, decidimos irnos a dormir bajo un pensamiento común: “esto mola”. Cerramos el telón, se abre el del lugar demoníaco y comienza un espectáculo dirigido por el mejor maestro de ceremonias… de Guantánamo.

Si no recuerdo mal, el big bang de las molestias se inició con la conversación filosófica de dos de los diez colegas que habitaban algunas tiendas contiguas a la nuestra. Ellos, que se quedaron por carecer de combustible en su coche, arreglaron el mundo en general y el suyo en particular con voces que se agrietaron a lo largo de la charla.

Poco después de comenzar este diálogo, un pájaro (a saber de qué especie) decidió buscar a su igual con llamadas cuyos decibelios sobrepasaban, con creces, los de un cuatrimotor despegando desde tu oreja. Decía esto: Uuuuuuuh, uh uh uh uh, uuuuuuuuuuuuuuuuuuuh (esta última parte emitida con la vergüenza de quien se sabe molesto). El bicho (asumo que era un bicho) se calla a la media hora tras obtener dos respuestas del otro lado del camping. Pero el daño mental ya estaba hecho.

Puede que como respuesta a este desatino verbal, los dos compañeros de la tienda de la parcela sur se activaron para entrar y salir de forma repetitiva en la furgoneta (que no tienda) en la que se refugiaban. El vehículo era antiguo, la puerta enorme y el sonido que hacía al correr sobre el carril y activarse el cerrojo, desquiciante. Sobre todo a la décima ocasión. Que los dos protagonistas caminasen en chanclas no ayudaba: clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap…

Toda esta actividad nocturna se apoyaba en una potente base rítmica que conseguía un hecho incontestable: aunque la procedencia de los sonidos resultaba dispar, su conjunto no parecía deslabazado. El autor de este milagro hacía como que descansaba a unos 10 metros de nuestro punto infernal. Jamás, insisto, nunca nadie había escuchado roncar de esta forma a un ser vivo. No quiero saber qué dormía ahí dentro, si es que dormía. Pero sospecho que tenía cola enorme de lagarto, escamas y una boca que expulsaba fuego. Ojipláticos en la colchoneta, cuando el silencio del resto de los protagonistas facilitaba su propagación, Lau y yo asistimos a un fenómeno de la naturaleza sólo comparable a la lucha del mar, en su peor día, contra los acantilados más testarudos. Esperpéntico. En un momento pensé que toda su tienda, grande y gorda como el ser, supongo, iba a introducírsele por las vías aéreas. Estructura incluida.

Entre temblores y con un sudor que asemejaba escarcha, me armé de valor, me protegí con un escudo y la espada anti orcos y salí a la oscura noche: “Oiga… esto… ¿Podría usted? ¡Disculpe!” Obviamente no obtuve respuesta. Si el bicho no se despertaba por sus propios jadeos destructivos, no iba a hacerlo ante un intento de interpelación educado y formal. Más aún si además, de la madriguera, escapaban también los sonidos típicos de una película de aventuras (espadas y demás), que la cosa veía antes de caer rendido en los brazos de Morfeo.

Así que volví a mi tienda, con el sabor del fracaso en la boca, entre ronquidos rompe tímpanos pero ufano por el descanso al que se habían entregado los colegas filosóficos y los probadores oficiales de puertas de la Ford Transit, modelo 1995. Ya, pensé, sólo faltaba que los dos garitos que flanquean el terreno olvidasen las noches más activas del verano y cerraran sus puertas, encerrando hasta la madrugada siguiente la actuación tipo karaoke (Garito A) y las rumbas y popurrís aflamencados (modo B). Lindo sopor…

Hasta las 4:40, sí, como la gente que acompañaba a Juan Luis Guerra. Pensé que el cielo se caía sobre nuestras cabezas o que alguien había soltado en los alrededores a varias agrupaciones de habaneras en los prolegómenos de sus actividades de afinación. Aunque el ruido, capaz de atemorizar al mismísimo Iker Jiménez, provenía de una decena de gallos en pugna vocal, todos arremolinados en un mismo terreno. Anexo al camping, claro está.

Nadie puede imaginar el daño al ánimo que puede causar un coro de estas características. Despertar en medio de una dura madrugada entre los alaridos escupidos en común por todos los espectros de la zona puede provocar calvicies y disfunciones eréctiles. Crucemos los dedos. El recital duró, y se repitió durante los días siguientes, alrededor de media hora. Sin orden aparente, varios de los simpáticos animalitos gritaban como si les hubieran pisado las patas una noche de verano en la que decidieron calzar sandalias. Mención especial merece el pobre espécimen que, aún sufriendo vegetaciones (como su antepasado de la aldea gala), intentó ocupar esa plaza preferente que por su fuerza, por su persistencia, en algún momento ocupó en el pasado. El bicho, superado por jóvenes musculosos, al menos no dejó de intentarlo. Para regocijo nuestro, ya presos de una risa descontrolada, nerviosa, relajaesfínteres

Volveremos.

Paranoid escucha The Dead Weather