6 de Mayo de 2012

Tanger

Posted by Paranoid en Más allá de mi ventana | 18:22

Un destello de cambio. Alguien ha establecido las tarifas de los taxis desde el aeropuerto. ¿Tanto ha evolucionado esto en ocho años? El conductor (indignado pero útil) así lo hace constar, pero el espejismo se desvanece cuando llegamos al centro. Todo por terminar. Todos en la calle. Todo descolocado. Todos te abordan.

La medina parece una selva de ojos. Las primeras horas estresan. Hay que evitar mirar, obviar conversaciones, huir de los toques amistosos. Algunos se ganan la vida así: “yo te llevo a mi tienda, tú me haces publicidad en España”. Como lampreas, se pegan a la presa y algo sacan. La presa a veces sólo lo intuye, lo constata en otras ocasiones. Frunces el ceño y expulsas negatividad moldeada en forma de palabras. La lamprea desaparece. En el primer recodo se deja ver de nuevo, sentada despreocupadamente. Saluda o escupe (reacción aleatoria). La escena se repite en una sucesión infinita.

Las callejuelas que suben hacia la kasbah engañan. Unas y otras. Trastocan el rumbo, serpentean de forma caprichosa, se muestran relucientes, aparecen cochambrosas, se encierran sobre sí mismas, se abren a una plaza inesperada. Cada esquina se convierte en sorpresa o más de lo mismo, el término medio no existe. Los europeos buscan aquí el esnobismo: los precios suben, los tangerinos lo sufren. Las ancianas observan la vida desde el escalón de la puerta mientras los niños juegan con poco más que su imaginación. La pendiente es una pista, vamos bien, subimos. El paseo del día anterior, pastor mediante, nos ayuda a dar el siguiente paso. La muralla encierra un continente.

Uno cruza el hueco en la pared y pierde el monóculo del asombro. Atrás, claustrofobia, adelante agorafobia. Enfrente Tarifa (ese pueblo blanco, señalan). El Mediterráneo charla sosegadamente con su hermano mayor oceánico. Decenas de barcos agradecen su idea a Hércules y traspasan perezosos el Estrecho. Algo bulle. Tan cerca y sin embargo tan lejos.

Ascendemos. Objetivo, café Hafa. En uno de los amagos, una agrupación de tumbas fenicias se asoma al precipicio en el mirador de Marchán. Sólo permanecen los huecos. Decenas de marroquíes y turistas descansan con la mirada perdida. 14 kilómetros de deseo, morriña por una realidad no experimentada. Muchos de los que aquí observan no desvelarán nunca los secretos que aguardan en la Península. Las parabólicas dan su versión. La realidad la rebate.

Café Hafa. Dos o tres tipos, bastante mayores, se pasean por las mesas colocadas en un abismo reconvertido en terrazas. Transportan 15 tés a la vez. Huele a menta y dulzor. Las abejas ejercitan sus trompas. Desde luego, han elegido un buen lugar para vivir. A 6 dirham por evasión, la inversión parece positiva. Los relojes pierden su utilidad.

Toca descenso. En el hotel, a precio regateado, el lujo no se discute: televisor y baño con ducha en la habitación. La gente se revoluciona, al día siguiente toca clásico. “Yo creo que perdemos”, le digo al anciano de negro. La vehemencia se hizo persona para espetarme: “cobarde, tú eres cobarde”. El viejo tuvo razón…