26 de Junio de 2011

Padres…

Posted by Paranoid en Miscelánea | 21:57

Ayer, a las 9 de la noche en la A6, en medio de un atasco espectacular y con prisa por llegar a casa cuanto antes (con las luces averiadas, era por nuestro bien…). Lau y yo sufrimos un ataque de risa. Sufrimos es la palabra adecuada, fue de esos momentos en los que no puedes parar de reír aunque, por ejemplo, te acerques demasiado al coche de delante y tengas que reaccionar con relativa rapidez. La razón, Elvira Lindo en su artículo dominical en El País. Allá va el fragmento:

“Hay unos padres que pasan por delante de la caseta, llevan a rastras a una niña de unos siete años, que les ruega que la lleven a la caseta de Gerónimo Stilton, ese autor que firma vestido de ratón. El padre zanja el asunto diciendo: “Pero, hija mía, ¿no te das cuenta de que Gerónimo Stilton no existe, de que ese que hay ahí firmando es un yonqui al que le pagan cuatro duros por cocerse dentro de la gomaespuma?”. La explicación nos deja, a libreros y a mí, meditabundos: de acuerdo, tal vez los niños no estén por la labor de tragarse el viejo cuento de que la lluvia es el pis de los angelitos, pero tampoco es cuestión de introducirles tan pronto en el realismo sucio. Por otro lado, dentro del ratón Stilton o de otros personajes de ficción que reparten publicidad entre las casetas no hay yonquis, sino jóvenes que aún no han ascendido a la anhelada posición de mileuristas.”

El artículo completo, aquí.

Este texto nos llevó a pensar en otra situación que vivimos hace apenas dos días. Lagos de Covadonga. Orilla. Una niña pequeña juega con su hermana, aún más pequeña. La segunda mete el pie en el barro y la primera se lo recrimina con esa superioridad que sólo da la diferencia de edad entre hermanos. Aparece la madre con pinta de estar harta de la vida. Abronca a la hija mayor, que se defiende tras cada frase de su progenitora. Esta, hasta las narices, les suelta a las niñas (es literal): “Mecagüen la ostia puta y la idea de venir a la montañita…”, y se las lleva a rastras mientras continúa con su perorata a lo Camilo José Cela.

Luego que si los niños salen rebeldes…

Paranoid escucha El Columpio Asesino

17 de Junio de 2011

Zumbidos

Posted by Paranoid en Cosas serias | 8:20

Escrito el pasado lunes:

“Desquiciamiento. Le mot juste, cómo dirían los vecinos del norte. Una tortura psicológica que, a buen seguro, en Guantánamo no utilizarían por su excesiva crueldad.

Por el momento sus actuaciones resultan tan indefinibles como las de un seísmo. Ayer, por ejemplo. Son las seis, las seis de la tarde de un domingo. Un sopor infinito acompañado de una siesta profunda ha dominado la sobremesa hasta que la amenaza sobreviene. Tirados en la cama comenzamos a sentir un mísero temblor al que se le une su alter ego sonoro. ¿Débil? Sí, los primeros minutos. Luego se amplifica en la mente de cada uno para irritar cada una de nuestras neuronas. Huelga decir lo que ocurre más tarde, cuando revive a las doce de la noche…

Comienza la caza y captura. A vueltas por la casa como rabos de lagartija entre estertores. Afinamos el oído y duele. Una banqueta. La oreja aquí y allá. Por el suelo, media altura, cerca del techo. Asomo la mirada en la terraza vecina sin encontrar origen ni solución. Vuelvo. Recapacito. Es inteligente. Se propaga con una cadencia desastrosa para los nervios y un disimulo camaleónico. Ahora procede de aquí, ahora procede de allá. Los vecinos no saben nada. ¿La locura nos acecha? La indignación crece, pero una indignación sin culpable se asemeja al cauce polvoriento de un río tropical. Tenemos que encontrarlo…

Tormenta de ideas. Varias soluciones posibles. Buscar el origen, identificar al propietario y empalarlo con el aparato vibrador, nunca mejor dicho. Acudir a la Policía, a los Bomberos, a las Fuerzas Especiales o al concejal de turno (remanente para sobornos en este caso). Acampar en algún lugar público donde, al menos, el ruido que escuchemos no sobrepase los límites de lo esperado. Cortarnos las venas. Dificultades técnicas para esto último, la tijera afilada ha desaparecido y el único cuchillo decente lo compré hace unas semanas después de años de deseo, me parece obsceno acabar con mi vida con uno de mis objetos más esperados.

Camino del medio, como diría mi padre. Dejamos la cuestión en manos de la persona más poderosa de la comunidad, el portero. Promete seguir el rastro como el más fiel de los sabuesos. Promete redactar un informe (será una nota en un papelajo) y hablar con su colega del portal anexo (creemos que ahí es donde habita el diablo). Promete lucharlo, tras lo que me imagino a ambos enfundados en sus respectivos monos de trabajo, lanzándose los hadouken del Street Fighter entre saltos y patadas voladoras.

Y con esta escena en mi cabeza, veo que al menos el mundo tiene un poco de sentido.”

Acualización de hoy:

Esta noche ha sido la definitiva. El zumbido hace gala de sus tácticas más avanzadas. Un vecino me llama al móvil a las 23:30. Contesto desde la terraza mientras le observo un piso más arriba, a la izquierda (literalmente, videollamada). No, su máquina, como él dice, no es. Pero a esa hora nada hace presagiar el desastre. Nos vamos a la cama deseosos de descansar al mismo tiempo que nuestras neuronas, que llevan varios días dormidas. Craso error. Nos dejamos caer, empezamos a sentir la placidez del sopor y ahí está, la bestia ruge. Ansío convertirme en un ser poderoso y despreciable para acabar con la manzana. Godzilla estaría bien. Vuelta y vuelta. Tapones inservibles. Indignación (más todavía). Golpeamos media casa. Llamo a la Policía que, en contra de la creencia popular, no se ríe de mi problema. Promete pasarse por casa. “A tomar algo”, pienso yo. Camino sin rumbo. Creo que la barba me ha crecido a pasos agigantados. Intento pensar y no me sale. Me escapo a la terraza y miro al bosque de antenas. Hace fresco. Decido si llorar o no mientras me acuerdo de ciertas familias y sus fallecidos. Escucho un ruido, es la señora de arriba (unos 70 años). Me pregunta: “Has escuchado los ruidos”. Pienso que es la 1:30 de la mañana. Me doy la vuelta y miro. Su barandilla se proyecta en ángulo recto sobre mi terraza. Noche clara, visibilidad plena. La brisa me avisa: estoy completamente desnudo. “Estamos desesperados”, le suelto mientras recorro los tres metros que me separan de la puerta sin mirar arriba. Siento como reflejo la escasa claridad nocturna. Espero que sus cataratas hayan actuado de antispam aunque en parte me alegro por ella, o es viuda, o divorciada. Le vendrá bien la visión. Entro disparado en casa. Llego a la habitación y me tiro al suelo, a lo marine. La duda, ¿pataleo o hago algo constructivo? Pego la oreja al parquet y se me ilumina el alma. Querubines celestiales descienden de la casa de dios. Fanfarrias. Un sonido espectacularmente molesto conquista los huesos del oído. He dado con la fuente. Me levanto y salgo corriendo a buscar al vecino de abajo. Lo recuerdo, son las dos de la madrugada y me tengo que vestir. Lo segundo lo cumplo, de lo primero, paso. Bajamos dando botes. Llamamos con tanto disimulo como ansia. El tipo, con el que había mantenido un encuentro hace días, abre extrañado. Su cara cambia cuando nos ve. Piensa y se da cuenta del problema. Se averguenza.

Mis endorfinas se disparan, las de Lalau desfilan por toda la casa. Euforia. Esta noche no hemos dormido, hemos levitado.

Paranoid escucha Islands

14 de Junio de 2011

Y ahora, él

Posted by Paranoid en Sesiones (con Gordon Geco) | 23:58

Hace unas semanas visitamos con Remigio el cementerio. Lo recorrimos casi por completo y nos enseñó su destino, anexo al de ella, el lugar al que tarde o temprano tendría que mudarse. Lo tenía claro. Lo anunció un año atrás con una voz quebrada por el dolor, resonante en la inmensa madrugada. Y lo ha cumplido. O mejor dicho, su cuerpo le obligó a cumplirlo hace hoy doce días.

Los hechos son tercos y sus últimos pensamientos, también. Existen infinitas maneras de abandonar este mundo, innumerables causas e incontables aspectos secundarios, pero él, o algún demiurgo que llamamos casualidad, diseñó un viaje de ida eterna similar al de ella: Misma ciudad, que no era la suya, idéntica casa de donde partir al ya doblemente fatídico hospital, similares salas de urgencias sin alma ni personalidad, un viernes, también un viernes… Y la sonrisa amarga de la sorpresa. Nada iba mal, nada va bien. Todo se acaba, su energía se difumina en menos tiempo del que la mente humana utiliza para procesar la palabra muerte. Su última frase, para ella. “Me voy con la Visita”, suspiró tras hablar con los médicos, camino de un quirófano. Lo veía claro. Lo dijo con la calma de quién sabe que no sufriría más. Que lo hecho, hecho está.

Hay algo que nunca hizo públicamente: admirarla, agradecer todo lo que ella trabajó, todo lo que sufrió, todo lo que vivió a su lado desde la sombra, como obligaban los cánones de convivencia en un pueblo pequeño y a su modo, o al de todos, ciertamente machista. Pero todos lo sabíamos. Ella era la fuente de su independencia, el camino por el que recorría el presente a su libre albedrío. Y desde que se fue, parte de su futuro se desmoronó. Ahora esa senda ha desaparecido por completo y con él, un vínculo crucial con una tierra, una vida, una forma de pensar que ahora tenemos que volver a construir. Nada será lo mismo, aunque bien pensado, nada lo ha sido ya desde hace un tiempo.

Si hace años me preguntan, nunca hubiera pensado que él se iba a ir con semejante sigilo. De ella no lo hubiera dudado ni un solo momento. Una de sus máximas, fuertemente adosada a sus pensamientos más fundamentales, le prohibía molestar, dar trabajo a nadie que tuviera alrededor. El viejo no actuaba exactamente igual. Pero en ese momento en el que la sorpresa de sonrisa amarga da la cara, justo ahí cuando de repente uno echa la vista atrás, revive los últimos días y no le encuentra sentido a nada, decidió seguir el ejemplo de una persona a la que todo el mundo adoró. ¿La inmediatez desempeñó su papel? Quizás, pero prefiero pensar lo contrario.

Hasta siempre.

Paranoid no escucha nada.