25 de Enero de 2010

El Hombre Negativo

Posted by Paranoid en Tipología Humana | 21:24

Si se hace un análisis de la concurrencia de partículas elementales (pero no las más elementales) en su cuerpo, domina con apabullante claridad la colonia de electrones.

Tiene dos respuestas válidas para cualquier pregunta: “No” y “No… (con explicación pesimista incluida)”, aunque a vece juega a las rotaciones e incluye suplentes como “buuffff”, “imposible”, “ja (con un fuerte componente irónico)” o simples ademanes que todos os imagináis.

Su lúgubre personalidad exhibe numerosas cualidades, todas ellas oscuras, como no podía ser de otra manera. A saber: tiene la capacidad de nutrirse de las trazas de pesimismo que encuentra en los demás o perdidas por el cosmos para alimentar su aura sombría, puede lanzar esa misma aura contra sus compañeros, amigos, familiares o incluso viandantes con la efectividad del lazo de un vaquero, domina el exasperante arte del refunfuño de baja frecuencia, diseña y ejecuta campañas de destrucción a corto y medio plazo de buen rollo y felicidad.

En una entrevista de trabajo con el demonio ganaría con facilidad al resto de aspirantes. Y deprimiría a su interlocutor.

Una característica esencial, sin la cual el mundo no sería el mundo, es que se requieren de grandes cualidades innatas y una profunda preparación durante años para formarse. Estas personas son como la Gouffre de Padirac, hay pocas pero brillantes (cada una en su categoría). Por eso de momento no dominan el planeta. De hacerlo, el resultado se parecería a La Carretera, de Cormac McCarthy.

Antídotos hay pocos. Lo mejor es prevenir (frase gastada donde las haya). Una vez invadido por su campo de fuerza, la sólo la fuerte resistencia, junto al asociacionismo y la búsqueda de riadas de positivismo concentradas, puede salvar al sujeto sano. O eso o ponerse los auriculares y escuchar música a gran volumen cuanto comienza con sus conversaciones rituales.

Ante todo, intentad no cruzaros con ellos.

Paranoid escucha Canciones hacia el fin de una especie, de PAL

20 de Enero de 2010

Madrileños por el mundo y demás

Posted by Paranoid en Miscelánea | 11:12

Deberían regular la emisión de programas como Madrileños por el Mundo y el resto de copias que han proliferado como setas en otoño (incluidas versiones como Castellano-manchegos por el Mundo o Murcianos por el Mundo, maravillosa originalidad). En mi casa, su emisión provoca envidias, babeos, nerviosismo, replanteamientos temporales de nuestros particulares “hacia dónde vamos” y un cierto malestar con nuestra propia vida. Y esto, en todas las escalas.

Todas. Los comentarios son continuos. Lisboa (arrrrgggg), Kuala Lumpur (arrrrgggg), Nueva Zelanda (arrrrgggg), trabaja como no se qué en la selva (arrrrgggg), mira qué casa (arrrrgggg), por dios qué comida (arrrrgggg), cualquier cosa (arrrrgggg), ese tío tiene una foto dedicada de Aznar (¡Buff!). Hasta aquí, un pequeño resumen por mi parte. Si nos centramos en las reacciones de la televisiva Lalau, a las anteriormente manifestadas hemos de unir una general, reiterada cada vez que vemos una de las copias en cualquier canal: joder, si pudiera hacer un programa así (arrrrgggg) (arrrrgggg) (arrrrgggg). Y así.

Lo más fácil sería, dirán muchos, no verlos. Correcto. Está claro y lo sabemos, pero los muy cabrones majetes crean adicción, vaya, como tiene que ser. Logran su objetivo y enganchan. En parte porque a veces, pongas la cadena que pongas, te los vas a encontrar sin remedio. Para qué luchar. Seguiremos sufriendo, más aún si luego los aderezan con especiales Quién vive ahí, también disparados desde diferentes frentes.

Ya, queda la opción de desintoxicarte y regocijarse con los programas semanales de Callejeros – Comando Actualidad y sus historias de parados, drogadictos, chabolistas y chabolista-heroinómanos-sin empleo. Pero mira por donde, estos no enganchan, al menos a mi.

Se ve que no he nacido para sufrir.

Paranoid escucha The Passenger, de Iggy Pop

8 de Enero de 2010

Una luz naranja (sábado noche)

Posted by Paranoid en Cosas serias | 14:24

Despido a Ultrasónica. Son casi las cinco de la mañana. Giro y avanzo acurrucado en mi chaqueta en dirección a mi casa. Me encuentro de frente con el Hospital Clínico y una luz me llama la atención. Tampoco es exactamente una luz, se trata de una súbita claridad, un cambio de tono en la superficie homogénea del gran edificio: rojo y totalmente a oscuras.

Hay una habitación semiluminada en una de las plantas finales (11 ó 12), justo debajo de la vidriera de la capilla. El color que se adivina, naranja, induce a pensar en la debilidad de la fuente lumínica más que en la tonalidad de la pintura (naranja en un hospital suena raro). Una sombra se recorta en la ventana. Parece que mira de frente. Parece una persona grande. Todo es apariencia, la distancia juega su papel.

La imaginación también. ¿Quién observa por el cristal la fría y vacía noche vallisoletana? Puede ser un empleado, un enfermero o limpiador nocturno (parece un hombre) que disfruta de una pausa en su labor rodeada a partes desiguales de dolor y esperanza. El olor, la quietud, el aspecto del edificio le han aturdido, la escapatoria se encuentra muy cerca. A cero grados.

También, por qué no, es posible que el testigo nocturno sea un huésped temporal (o no, o definitivo). Un enfermo que se ha escapado de las ásperas sábanas, ha activado una pequeña lámpara y anhela el exterior, la libertad de vivir una vida normal, sin ningún tipo de ataduras más allá de las que ya nos sujetan a todos. Lo siento. Si pienso en un trabajador, lo veo como tal. Si pienso en un enfermo, la imagen se torna hacia la silueta de un fantasma, algo o alguien que anuncia, demasiado tarde, una inquietante irreversibilidad.

Antes de cruzar por completo el aparcamiento me asalta otra idea. ¿Y si lo que observo, el que observa, acompaña a un enfermo? Tampoco es una posibilidad descabellada. Las cinco de la mañana. Insomnio provocado por la tensión del lugar y el estado de su familiar o amigo. Un padre con su hijo ingresado, un hijo cuyo padre, muy mayor, se desvanece hacia lo desconocido, una madre que vela el sueño de uno de los suyos (no está grave, pero la asepsia de la atmósfera propaga la preocupación sin barreras). Alguien cuya presencia en el hospital es tan indirecta como obligada.

La Casa del Estudiante casi me tapa la escena. Centímetros antes de que ocurra, la luz desaparece. El edificio se mimetiza con disimulo en la oscuridad reinante. Aquí no pasa nada.

Paranoid escucha Razorlight