…
Hay canciones que anulan los sentidos. Algunas lo hacen en combinación con diversos factores, otras se valen por sí solas. Ayer me ocurrió con The Precipice (Mogwai). La verdad es que con los escoceses me pasa a menudo. Da igual lo que suceda a mi alrededor. En realidad da lo mismo sí existe “alrededor” o no. Durante más de seis minutos, The Precipice lo sustenta todo, respira por mi, mira por mi, avanza por mi, decide por mi, vive por mi. Su progresividad permite presagiar el futuro más inmediato. Su calma inicial anestesia con suavidad cada una de mis neuronas. Con facilidad y disimulo. Todo se ralentiza. Incluso, si lo poco que queda de mi no me engaña, a la muchedumbre que me rodea también. Y se da cuenta. Y no sabe por qué. Yo sí, pero me olvido por momentos. Mejor dicho, me evado por momentos, nadie puede olvidar lo que su mente nunca ha conocido (ver flechas del tiempo psicológica, termodinámica y cosmológica).
El paréntesis dura eso, lo que tarda la canción en administrar sus estupefacientes sonoros. El caparazón presume de dureza y el disfrute, de intensidad. No quiero imaginar la cara que muestro, las preguntas a las que no contesto, los pensamientos que no se originan en ese periodo. No quiero imaginar nada, simplemente repetir con la necesidad del síndrome de abstinencia. Y que esto, que con Mogwai se repite tema tras tema desde hace unos años, nunca muera como una obsesión más. Llamémosle vía de escape. Obviemos el término adicción.
Paranoid escucha cualquier cosa menos Mogwai