El País publica esto la semana pasada.
Cuando se habla de genocidios en África, cuando cuentan los medios las historias de los desplazados en el continente (noticias que desaparecen con la misma prontitud con la que se nos muestran), yo siempre recuerdo las interminables filas de personas que salieron de Ruanda allá por el año 1994. Es la imagen que se me quedó grabada, imborrable y perdurable, imagino, para siempre. El paradigma de la barbarie en la zona (se entiende por zona a todo el territorio africano). Hace unos días, mientras leía a Ryszard Kapuściński (si, lo próximo que toca es comentario de todo el libro), por fin conocí un poco más a fondo lo que ocurrió.
En 1974 un hutu, Habyarinama, se hace con el poder de Ruanda tras dirigir un golpe de estado y se mantiene al frente durante 20 años. Hasta entonces, el poder había estado tradicionalmente en manos de los tutsis (15% de la población), dueños del ganado. Es decir, ricos. Los hutus (84% de los habitantes), trabajaban la tierra. Es decir, pobres, sirvientes y víctimas de un Estado opresor. Los twa, el 1% restante, no desempeñan un papel relevante.
Desde ese momento se forma una oposición formada por tutsis y hutus críticos con el Gobierno. Dado el carácter absolutista del Ejecutivo, los que no mueren o acaban en prisión huyen a Uganda, donde se organizan para “reconquistar” el territorio. Así pues, los tutsis crean un ejército (a la sombra del estamento militar ugandés), penetran en Ruanda con gran fuerza en 1990 y avanzan con celeridad hacia la capital, Kigali.
Ante la situación que se avecina, Habyarinama solicita ayuda a François Mitterrand, presidente de Francia, quien no duda (o al menos los hechos así lo demuestra) en enviar dos compañías de paracaidistas en su ayuda. Había que defender la francophonie de la invasión desde Uganda (angloparlante) por parte de los tutsis (angloparlantes). El auxilio surte su efecto y el ejército invasor decide retirarse.
Estos sucesos demuestran a algunos clanes hutus (eso piensan ellos) que los tutsis siempre amenazarán su país, por lo que proponen dos soluciones, destierro al Nilo (su lugar de procedencia) o genocidio. La segunda de las ideas la llevan a cabo de inmediato, pero de una manera especial: no sólo los militares participan en las matanzas, sino toda la población con las armas o los instrumentos que tengan a mano. El objetivo era astuto, si la totalidad de los habitantes ejecutaban a los tutsis y opositores al régimen, la totalidad sería culpable. No habría inocentes ni dedos acusadores. No habría ninguna conciencia limpia.
Durante tres meses antes de la entrada definitiva del ejército tutsi, en 1994, mueren en Ruanda entre 500.000 y un millón de personas de las más diversas maneras, tantas como la mente humana sea capaz de imaginar. Literalmente. Días después de la invasión, ríos de refugiados hutus huyen del país empujados por la incertidumbre que provoca el nuevo orden gobernante. Buena parte de ellos había participado en los brutales progrom.
Llama la atención que el autor del reportaje de El País escriba este fragmento: “Entre los cuatro millones de fallecidos en ese periodo en Ruanda destacan los asesinatos, torturas y desapariciones de nueve españoles, que realizaban labores humanitarias en campamentos de refugiados y se atrevieron a denunciar la barbarie de los miembros del Ejército Patriótico Ruandés (APR, en sus siglas en francés).”
¿Destacan porque eran españoles?
Paranoid escucha Mr. Beast, de Mogwai