Cuando he llegado a casa algo me ha guiado directo a él, a un pequeño libro, sin estridencias, de los que en el colegio no hablaban y en las reuniones familiares hacía lo posible por pasar desapercibido. Desde lo alto de la estantería me llamaba, con ademanes nerviosos, un tomo menudo, en blanco y negro. “La vida es un guión”, de Isabel Coixet.
Hace tiempo, cuando lo leí por primera vez, acabé con el remanente de post it de casa. Apuntaba expresiones, palabras, párrafos y pensamientos a un ritmo demasiado alto como para disfrutar. Y precisamente hoy es lo que he hecho. Saborear sus historias, voltearlas, interrogarlas y mirarlas de soslayo para pillarlas desprevenidas. De nuevo, he sentido a Isabel delante de mí, con un café caliente entre las manos y una voz entrecortada y rápida, que disparaba silabas en todas las direcciones. Me he visto ante un blog en su versión tradicional, con 107 páginas de diseño duro, monocromático e inigualable en la red, por mucho que se intente. La cineasta reconstruye su vida en torno a los momentos más importantes. Recuerda su infancia y relata su presente con líneas cómodas, sinceras, dramáticas, hilarantes, en ocasiones cargadas de opinión, en ocasiones asépticas como el interior de un quirófano, pero nunca carentes de sentido.
Me he visto incapaz de desgajar un capítulo del guión de Isabel, de la historia de lo que es y de lo que será. Sólo recomiendo su lectura y aprovecho, ahora que no nos lee nadie, para confesarle lo poco que me gusta su cine y lo mucho que he vivido, sin embargo, su pluma.
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