21 de Mayo de 2014

Posted by Paranoid en Cosas serias | 22:34

Se llamaba Javier, Javi. ¿Se llamaba o lo sigue haciendo? Quizás el nombre es una de esas pocas cosas que no se pierden. Y los recuerdos en los demás. El resto desapareció con el fogonazo.

No se me ocurre más macabra incoherencia que la que lleva de un segundo respirado al siguiente en el vacío. Y menos, a los 30 años.

¿Cómo era? Lo describiría como una persona que seduce incluso sin que mediase pretensión. Agradable, rápido de mente y fugaz de piernas. Divertido. Deportista (¿cuántas veces recogió corriendo ese último itinerario que siguió en la noche del sábado?). Sociable y conocido en toda la comarca. Hablé con él horas antes, allí, bajo el sol cerveza en mano. Coñas, anécdotas y cuántos tiempos. Risas. Habría jurado que le gustaba la vida pero eso, si nos atenemos a un mínimo de prudencia, parece que es mucho suponer. En este caso. En todos.

Lo peor, la sensación de que ha ocurrido algo imposible de corregir. O pensar en tantos y tantos factores, hechos, coincidencias… tantos eslabones que se pudieron partir en la cadena que le llevó hasta aquel paraje. Lugar, por cierto, donde en su día despidió a aquel perro con el que tanto cariño compartió. Uno no deja de pensar en ello. Ese camino, esa noche, pudo ser transitado. Hubo una fiesta, la típica por San Isidro en una dehesa más allá de su destino. Alguien puede pasar y verle. Él avanza a pie con algo colgado del hombro. Un simple “¿Pero dónde vas a estas horas? Sube que te llevo” lo podría haber arreglado. Todo. Pero no ocurrió. No se tropezó en la oscuridad. No recapacitó durante las dos horas que tardó. No se manifestó ese fallo mecánico que sufre el malo en el éxtasis de la película. Se sentó. Puede que se fumase un cigarrillo, el tabaco apareció a su lado, y finalizó su misión.

Lo peor (segunda parte), la sensación que toma forma durante el relato. De la noticia a la sospecha, de la sospecha a la certeza, de la certeza a la incredulidad y de ahí, al desasosiego. “Desapareció un chico, ¿lo sabías? 30 años. Se llamaba Javi, creo. Sí, vivía por allí. ¿Cómo? Sí, sí, sus padres son mayores. Ahora que lo dices, creo que me han comentado que se había trasladado. ¿Cómo dices que se apellida? Ains, es que me suena mucho. Mira FB, han puesto una foto. Ah, que me envías tú una. Lo siento, lo siento mucho, es él, no sabía que era…”

Lo peor (tercera parte y habría infinitas secuelas), sus padres, mayores y enfermos. Sus hermanos, unos cuantos. Su chica, la última persona que lo vio. Su gente, toda esa gente de tantos sitios que se despidieron de él en masa. Sus amigos, todos aquellos que sabían, sabíamos, cuanta valía encerraba su cuerpo y su mente. Virtudes que huyeron en una milésima de segundo por ese resquicio que encontraron repentinamente.

Paranoid escucha Made in Heaven, de Queen. Casualmente.

18 de Julio de 2012

Adiós

Posted by Paranoid en Cosas serias | 19:50

Le conocí por los pasillos hace cuatro años. Más bien, me conoció él a mi. “¿Qué tal? Eres nuevo, ¿no? ¿En qué departamento trabajas?”. No medió palabra previa alguna. Quizás un presuroso saludo del que todavía no conoce su nuevo territorio. Parecía algo más joven que yo.

Intercambiamos un par de diálogos más después del estreno. Siempre del estilo. Nos encontrábamos, nos saludábamos, hablábamos un minuto y nos despedíamos. Yo me alejaba con un pensamiento permanente dirigido hacía la simpatía del tipo y su brutal vitalidad. Era un tío feliz, siempre con el optimismo grabado a fuego en su cara, sonrisa perenne y alegría suficiente como para envasar y regalar con un suplemento dominical.

Pero un día desapareció. Simplemente dejé de verle, algo que sucedía a menudo. El edificio es grande y podría deambular por él durante meses sin encontrarme con una persona concreta. Enfermó. Eso me dijeron después y eso me confirmó a su vuelta, cuando me topé con él en la entrada y me detalló lo ocurrido. Cáncer. “Pero ya estoy bien, tío. El día 27 me dan unos resultados y serán los definitivos, ya verás”. Le vi más gordo y con el rostro ajado, pero debajo de cierta palidez y de unas ojeras profundas sobrevivía una capa fina de frescura que amenazaba con la reconquista. No lo dudé entonces y ni me lo planteé el famoso 27, el día en que me miró a la cara y me soltó sin ambages: “tío, todo ha terminado. Ha ido genial. Todo perfecto”. Seguía sin conocerle. Seguía siendo un tío con el que me cruzaba por los pasillos.

Poco después me enteré, me comentó una compañera, que Jesús recayó. No había ido tan genial. No era todo tan perfecto. Otra baja de meses con resultado incierto pero preocupante. Una baja definitiva.

Ayer me contaban que mostró su vitalidad, su optimismo, su sonrisa, su ánimo… hasta el final. Hasta un final que ocurrió el pasado sábado. Sin hacer ruido, algo, que por cierto, sí se salía de su estilo.

No se me ocurre una despedida adecuada. O igual sí: hasta que te vea por los pasillos.

Paranoid siente volver así

17 de Junio de 2011

Zumbidos

Posted by Paranoid en Cosas serias | 8:20

Escrito el pasado lunes:

“Desquiciamiento. Le mot juste, cómo dirían los vecinos del norte. Una tortura psicológica que, a buen seguro, en Guantánamo no utilizarían por su excesiva crueldad.

Por el momento sus actuaciones resultan tan indefinibles como las de un seísmo. Ayer, por ejemplo. Son las seis, las seis de la tarde de un domingo. Un sopor infinito acompañado de una siesta profunda ha dominado la sobremesa hasta que la amenaza sobreviene. Tirados en la cama comenzamos a sentir un mísero temblor al que se le une su alter ego sonoro. ¿Débil? Sí, los primeros minutos. Luego se amplifica en la mente de cada uno para irritar cada una de nuestras neuronas. Huelga decir lo que ocurre más tarde, cuando revive a las doce de la noche…

Comienza la caza y captura. A vueltas por la casa como rabos de lagartija entre estertores. Afinamos el oído y duele. Una banqueta. La oreja aquí y allá. Por el suelo, media altura, cerca del techo. Asomo la mirada en la terraza vecina sin encontrar origen ni solución. Vuelvo. Recapacito. Es inteligente. Se propaga con una cadencia desastrosa para los nervios y un disimulo camaleónico. Ahora procede de aquí, ahora procede de allá. Los vecinos no saben nada. ¿La locura nos acecha? La indignación crece, pero una indignación sin culpable se asemeja al cauce polvoriento de un río tropical. Tenemos que encontrarlo…

Tormenta de ideas. Varias soluciones posibles. Buscar el origen, identificar al propietario y empalarlo con el aparato vibrador, nunca mejor dicho. Acudir a la Policía, a los Bomberos, a las Fuerzas Especiales o al concejal de turno (remanente para sobornos en este caso). Acampar en algún lugar público donde, al menos, el ruido que escuchemos no sobrepase los límites de lo esperado. Cortarnos las venas. Dificultades técnicas para esto último, la tijera afilada ha desaparecido y el único cuchillo decente lo compré hace unas semanas después de años de deseo, me parece obsceno acabar con mi vida con uno de mis objetos más esperados.

Camino del medio, como diría mi padre. Dejamos la cuestión en manos de la persona más poderosa de la comunidad, el portero. Promete seguir el rastro como el más fiel de los sabuesos. Promete redactar un informe (será una nota en un papelajo) y hablar con su colega del portal anexo (creemos que ahí es donde habita el diablo). Promete lucharlo, tras lo que me imagino a ambos enfundados en sus respectivos monos de trabajo, lanzándose los hadouken del Street Fighter entre saltos y patadas voladoras.

Y con esta escena en mi cabeza, veo que al menos el mundo tiene un poco de sentido.”

Acualización de hoy:

Esta noche ha sido la definitiva. El zumbido hace gala de sus tácticas más avanzadas. Un vecino me llama al móvil a las 23:30. Contesto desde la terraza mientras le observo un piso más arriba, a la izquierda (literalmente, videollamada). No, su máquina, como él dice, no es. Pero a esa hora nada hace presagiar el desastre. Nos vamos a la cama deseosos de descansar al mismo tiempo que nuestras neuronas, que llevan varios días dormidas. Craso error. Nos dejamos caer, empezamos a sentir la placidez del sopor y ahí está, la bestia ruge. Ansío convertirme en un ser poderoso y despreciable para acabar con la manzana. Godzilla estaría bien. Vuelta y vuelta. Tapones inservibles. Indignación (más todavía). Golpeamos media casa. Llamo a la Policía que, en contra de la creencia popular, no se ríe de mi problema. Promete pasarse por casa. “A tomar algo”, pienso yo. Camino sin rumbo. Creo que la barba me ha crecido a pasos agigantados. Intento pensar y no me sale. Me escapo a la terraza y miro al bosque de antenas. Hace fresco. Decido si llorar o no mientras me acuerdo de ciertas familias y sus fallecidos. Escucho un ruido, es la señora de arriba (unos 70 años). Me pregunta: “Has escuchado los ruidos”. Pienso que es la 1:30 de la mañana. Me doy la vuelta y miro. Su barandilla se proyecta en ángulo recto sobre mi terraza. Noche clara, visibilidad plena. La brisa me avisa: estoy completamente desnudo. “Estamos desesperados”, le suelto mientras recorro los tres metros que me separan de la puerta sin mirar arriba. Siento como reflejo la escasa claridad nocturna. Espero que sus cataratas hayan actuado de antispam aunque en parte me alegro por ella, o es viuda, o divorciada. Le vendrá bien la visión. Entro disparado en casa. Llego a la habitación y me tiro al suelo, a lo marine. La duda, ¿pataleo o hago algo constructivo? Pego la oreja al parquet y se me ilumina el alma. Querubines celestiales descienden de la casa de dios. Fanfarrias. Un sonido espectacularmente molesto conquista los huesos del oído. He dado con la fuente. Me levanto y salgo corriendo a buscar al vecino de abajo. Lo recuerdo, son las dos de la madrugada y me tengo que vestir. Lo segundo lo cumplo, de lo primero, paso. Bajamos dando botes. Llamamos con tanto disimulo como ansia. El tipo, con el que había mantenido un encuentro hace días, abre extrañado. Su cara cambia cuando nos ve. Piensa y se da cuenta del problema. Se averguenza.

Mis endorfinas se disparan, las de Lalau desfilan por toda la casa. Euforia. Esta noche no hemos dormido, hemos levitado.

Paranoid escucha Islands

21 de Octubre de 2010

Camarada Valeriano

Posted by Paranoid en Cosas serias | 8:05

Para que luego digan que la convocatoria de huelga general no tuvo éxito, o al menos la manifestación: por allí andaba nuestro camarada Valeriano Gómez, el nuevo ministro de Trabajo. Claro que por aquel entonces igual no sabía nada. El pobre…

Ahora que lo pienso, tiene hasta nombre de clandestino.

Paranoid escucha Cowboy Song, de Serafin

16 de Mayo de 2010

Garzón

Posted by Paranoid en Cosas serias | 22:55

Una compañera me llama el viernes por la tarde: “En días como hoy me avergüenza ser española”. Acababa de conocer la noticia de la suspensión de Garzón, el juez con mayor relevancia de España y posiblemente del mundo durante los últimos años.

Las reacciones a la decisión unánime del Consejo General del Poder Judicial no se hicieron esperar. Revuelo en Twitter (entre los diez hechos más comentados de la red), concentraciones ciudadanas en España, discusiones en Facebook (a las que asisto como puro observador), opiniones en todo el mundo y gran cobertura en los medios, tanto nacionales como internacionales, son sólo algunos de los ejemplos. En estos últimos, en las noticias y editoriales de televisiones y periódicos, la sorpresa e incomprensión resultan evidentes.

¿Cómo le explicas a alguien de fuera lo que ha ocurrido aquí? ¿De qué manera se le cuenta que el mismo tipo que consiguió detener a Pinochet en Londres, investigó y acabó definitivamente con los GAL en España o ha luchado con tanto éxito contra ETA también en nuestro país, ha sido apartado por un proceso en el que se pretendía aclarar los crímenes del Franquismo y desenterrar a miles de fusilados por razones ideológicas? Parece complicado hacerlo, imposible sin ruborizarse y dar la razón a aquellos que últimamente han comparado España con una “república bananera”. Ahora sí, ahora me lo creo. Aunque lo de “república” ni siquiera se vislumbre en la lejanía.

Da la sensación de que Garzón ha vuelto a husmear en esos asuntos sagrados a los que es mejor no acercarse, y esta vez la maquinaria urdida en su contra ha podido con él. Se me hace al menos sospechoso el hecho de que justo cuando destapa la trama Gürtel y se mete de lleno en la cuestión de los desaparecidos en la Guerra Civil y la posguerra, crezcan contra él tres causas de las que, como se puede comprobar, seguramente no salga muy bien parado. Ésta que ahora le inhabilita temporalmente parece además de coña: un juez cesado en sus funciones por un caso relacionado con las víctimas del Franquismo y abierto en base a dos denuncias de Manos Limpias (sindicato ultraconservador) y la Falange (no hace falta mirar a su pasado connivente con el régimen, mantiene todavía entre sus reivindicaciones la democrática idea del partido único).

Extraigo varias conclusiones de lo que ocurre y sucederá en las próximas semanas, y ninguna me suena bien. Veo como todo este lío se convertirá en un potente aviso a navegantes del estilo “que pase el siguiente que decida investigar”. También me da por pensar en que algo huele muy mal en la cúspide judicial española, donde ciertos poderes que ya creíamos desaparecidos mantienen una excelente salud. Por otro lado, y eso es lo que más duele, creo que con las condiciones actuales y la presente formulación de la Ley de Memoria Histórica, todo aquel que espere la recuperación del cuerpo de un ser querido desaparecido en los años de la contienda y la dictadura va a tener que esperar aún más. Y cada día que pasa, es demasiado tiempo.

Paranoid escucha Standstill

7 de Abril de 2010

De vuelta

Posted by Paranoid en Cosas serias | 23:26

Quería contar cómo he vivido estos casi 20 días que llevo sin aparecer por este santo lugar. Quería compartir con los cuatro gatos que a veces nos reunimos por aquí que he estado de vacaciones. Otra vez de vacaciones, sí. Y otra vez en Portugal y Extremadura. Pero que antes de irme, y durante una semana, la situación se tornaba diabólicamente negra minuto a minuto. Hablo de ese estrés creciente sólo superado por un nivel de hastío importante, complementado con maestría humana por la negatividad reinante a mi alrededor. Y en un momento dado, se acabó. De repente, el límite, la frontera que separaba la oscuridad de la libertad más absoluta me sobrepasó (tuve la sensación de que fue ella la que se movió hacia mi).

A la mañana siguiente, la carretera, la claridad de la mañana, los kilómetros y kilómetros de conversaciones, música, rutas, siestas y momentos. Lau, Pedro y yo rumbo a Oporto. Sin prisa, sin ninguna prisa, saboreando un paisaje ahora yermo, ahora nevado, ahora llano y castellano, ahora montañoso y arisco. Nos esperaba el Malaposta en la ciudad del Duero (hotel de recuerdos imborrables). También, dos días después, Aveiro. Y Batalha. Y Nazaré. Y Guisado con su tremendo restaurante. Y Óbidos. Y Pedrogao, con la maravillosa familia de Pedro (¿no lo he dicho? Es de allí, es portugués). Y luego la Extremadura de las dehesas verdes y la vía del tren. Del ganado en el campo y el sol casi omnipresente. De mis abuelos y de esa casa en la que el tiempo no entra ni de visita. De los paseos, los cafés cargados y la Semana Santa más austera.

Hoy, día en el que la rutina diaria vuelve para quedarse, quería destacar el alto grado (máximo grado) de olvido que este viaje ha construido. Durante once días, mi realidad habitual no se ha manifestado ni en los más lejanos confines de mi mente al ralentí. Y como me gusta y me enorgullece, me sentía con el deber o la osadía de gritarlo. Con ese propósito me levantaba hoy. Triste e ingenua esperanza. La rutina corre más que nadie y desde luego mucho más que la ilusión. Atrapa cuando menos te lo esperas, cuando peor es la caída.

Quería contar muchas cosas, sí, pero mi tarde ha terminado con la compañía, buscada de forma impulsiva, de Nacho Vegas y sus canciones de vencidos.

Paranoid escucha…

8 de Enero de 2010

Una luz naranja (sábado noche)

Posted by Paranoid en Cosas serias | 14:24

Despido a Ultrasónica. Son casi las cinco de la mañana. Giro y avanzo acurrucado en mi chaqueta en dirección a mi casa. Me encuentro de frente con el Hospital Clínico y una luz me llama la atención. Tampoco es exactamente una luz, se trata de una súbita claridad, un cambio de tono en la superficie homogénea del gran edificio: rojo y totalmente a oscuras.

Hay una habitación semiluminada en una de las plantas finales (11 ó 12), justo debajo de la vidriera de la capilla. El color que se adivina, naranja, induce a pensar en la debilidad de la fuente lumínica más que en la tonalidad de la pintura (naranja en un hospital suena raro). Una sombra se recorta en la ventana. Parece que mira de frente. Parece una persona grande. Todo es apariencia, la distancia juega su papel.

La imaginación también. ¿Quién observa por el cristal la fría y vacía noche vallisoletana? Puede ser un empleado, un enfermero o limpiador nocturno (parece un hombre) que disfruta de una pausa en su labor rodeada a partes desiguales de dolor y esperanza. El olor, la quietud, el aspecto del edificio le han aturdido, la escapatoria se encuentra muy cerca. A cero grados.

También, por qué no, es posible que el testigo nocturno sea un huésped temporal (o no, o definitivo). Un enfermo que se ha escapado de las ásperas sábanas, ha activado una pequeña lámpara y anhela el exterior, la libertad de vivir una vida normal, sin ningún tipo de ataduras más allá de las que ya nos sujetan a todos. Lo siento. Si pienso en un trabajador, lo veo como tal. Si pienso en un enfermo, la imagen se torna hacia la silueta de un fantasma, algo o alguien que anuncia, demasiado tarde, una inquietante irreversibilidad.

Antes de cruzar por completo el aparcamiento me asalta otra idea. ¿Y si lo que observo, el que observa, acompaña a un enfermo? Tampoco es una posibilidad descabellada. Las cinco de la mañana. Insomnio provocado por la tensión del lugar y el estado de su familiar o amigo. Un padre con su hijo ingresado, un hijo cuyo padre, muy mayor, se desvanece hacia lo desconocido, una madre que vela el sueño de uno de los suyos (no está grave, pero la asepsia de la atmósfera propaga la preocupación sin barreras). Alguien cuya presencia en el hospital es tan indirecta como obligada.

La Casa del Estudiante casi me tapa la escena. Centímetros antes de que ocurra, la luz desaparece. El edificio se mimetiza con disimulo en la oscuridad reinante. Aquí no pasa nada.

Paranoid escucha Razorlight

12 de Noviembre de 2009

Enseñanzas de la Historia

Posted by Paranoid en Cosas serias | 18:37

Hace un mes, más o menos, realicé uno de esos viajes que nunca se olvidan, tanto por lo que piensas encontrar como por lo que efectivamente hallas. El destino, ansiado y muy esperado, Berlín. Dos semanas después de volver me llama una de las personas con las que visité la ciudad. “El País Semanal de hoy se dedica por completo a Berlín”. Bajé corriendo al quiosco, compré El País, volví a mi casa y miré el suplemento con ojos de tener el tesoro más valioso ahí, justo delante, encima de mi mesa.

Aún he terminado de leer la revista. No por falta de tiempo ni carencia de interés, sino por miedo a toparme con el final. La tengo siempre presente. Si viajo, si estoy en casa, si cojo el Metro, en cualquier situación viene conmigo, la abro y aplico un cuentagotas para leer poco a poco, con intensidad.

Pasear por las calles de la ciudad, reconocer la inmensa cicatriz o toparse con pedazos de vergüenza produce la misma emoción que conocer los testimonios, las historias que transmiten y la realidad pasada vista por sus protagonistas. Pero también el presente tiene cabida, y esperanza, con la excelente intervención del alcalde de Berlín, Wowi, una persona al menos peculiar de las que tanta falta hacen en los primeros planos de la política.

El Muro de Berlín supuso mucho más que una simple frontera en un lugar muy particular. Su construcción cercenó una ciudad, un país, un continente, dos formas de ver la política y también de sufrirla. Su alzado significó también un fracaso absoluto, uno de esos errores que nunca sacian la Historia y que se repetirán, a la vista está, mientras la humanidad sea humanidad. Pero de éste parece que ya escapamos (y me incluyo, la humanidad somos todos) y con enseñanza incluida. Falta por ver si se recuerda la moraleja o si cae en el saco de los olvidos pero, mientras tanto, trabajos como éste ponen su grano de arena para que se mantenga viva la imagen de la vergüenza. Algo ayudará.

Sólo puedo dar la enhorabuena a quién eligiera dedicar toda la revista a este tema. Es una decisión arriesgada, pero valió la pena.

Paranoid escucha Manic Street Preachers