Me despierto en un lugar oscuro, miro alrededor y me mareo. Me siento mal. En el suelo se marcan unas rendijas repletas de luz. Desde luego, invitan a abrir la trampilla que delimitan. Obligan. Lo hago, observo la nueva situación y me dejo caer hacia un suelo gris, húmedo y ligeramente gelatinoso. Todo es aséptico aquí. Enorme y aséptico. Me encuentro en medio de un enorme desafío a las leyes de la física. Ni una columna, ni una pared en toda la vasta sala. Decido avanzar. El agujero ha desaparecido y aquí no may nada. Tras horas de marcha (aprovecho para reflexionar sobre los círculos del infierno de Dante), me topo de bruces con ejército de seres enanos. Son grises también, no desentonan. Tienen forma de globo, con un gran y negro ojo central y dos pequeños flagelos que lo flanquean. Se sujetan sobre una pierna con dos pies (la extremidad se divide en dos a unos 15 cm. del suelo) y su brazo cuenta con la misma característica. Portan pancartas que rezan: “¡Respeto!”
- ¿Quiénes sois? — pregunté sin preámbulos. Ya nada me sorprendía.
- Somos tus neuronas. — contestaron—. Nos manifestamos contra tu forma de actuar, tu manera de maltratarnos regularmente y con premeditación. Sabes lo que ocurre y aún así no cambias tus insidiosas costumbres.
- No me lo creo. ¿Sois mis propias neuronas y me estáis recriminando algo? O me he vuelto loco o aquí hay un claro caso de aires de grandeza —, contesté con desdén.
En ese momento se produjo un revuelo. En un milisegundo, cada uno de los seres sacó un bastón plateado de no sé muy bien dónde y lo clavó en el suelo con una furia inusitada. Yo, que al principio no entendía nada, sufrí una intensa punzada de dolor en mi cabeza (que me dolía desde el comienzo de este extraño sueño), y un desmayo repentino. Caí a plomo para, poco después, recuperar la conciencia y constatar que mis propias neuronas me rodeaban y me ataban con fibras nerviosas. Más tarde, ocho de ellas me levantaron en vilo y recorrimos el lugar. Los paisajes grises se tintaron de un negro sucio, como de tizna tras un fuego violento. Aquí y allá, miles de seres aparecían en el suelo, deshinchados y con expresiones de sufrimiento (no creáis que era fácil descubrir el significado de sus muecas). Un líquido semitransparente y denso lo bañaba casi todo. Pequeños relámpagos eléctricos aparecían inconexos y se desvanecían con la misma velocidad. Su intensidad dependía de mis pensamientos, todos ellos sin sentido. Recordé que, al caer de la trampilla, había visto impulsos parecidos. Allí todo seguía una regla, todo parecía normal.
- Lo estás haciendo, lo vas a conseguir. Te vas a destrozar a ti mismo — susurró con voz quejumbrosa una de las neuronas ataviada con varios axones y una larga barba.
Yo temblé. Un día tras otro me repetía lo mismo cuando me intentaba levantar de mi catre. Un día tras otro, hacía caso omiso de la advertencia horas después. En esta ocasión, el consejo sonó con eco, con un retorno frío e inquietante.
Me desperté y apunté en la lista de la compra: cerveza.
Paranoid escucha Dig, Lazarus, Dig, de Nick Cave