De ahora en adelante voy a dedicar una sección de Vida de mentira a esa multitud de objetos inútiles que nos rodean.
Sé que no cumplo con mi post de la semana pasada anunciando la brevedad de mis posts, pero mi cabeza está llena de residuos que por algún lado tengo que echar. Aprovecho este momento para agradecer a los administradores del servidor por haberme borrado los últimos posts, como ya le ocurrió la semana pasada al Abuelo Cascarrabias.
Abre esta nueva sección el único objeto -si bien recuerdo- que ha hecho que riñésemos en nuestra oficina y, por otra parte, ha sido el gasto más inútil nunca hecho. Y no se trata de la contratación de alguno de mis jefes, que podría ser, sino del reposapiés.
Claro, a una le dicen que le van a regalar un reposapiés y se imagina algo acolchado, cómodo, que otorgará esos momentos de confort y descanso en la oficina en esos días de poco trabajo, de resaca o de lo que sea.
¿Quién no sueña con sentarse en su silla, ponerse a leer sus blogs favoritos, firmar sus nóminas, leer el periódico, comer pipas o escuchar cómo el jefe vocifera a algún compañero mientras sus sufridores pies se relajan en susodicho artilugio?
El problema llega cuando el reposápiés en vez de ser ésto es esto otro y da comienzo una lucha por ver cómo deshacerse de ese bicho sin molestar a la jefa de Administración que soltó la pasta por un antojo de oficinistas en un momento dado.
La parte buena es que el reposapiés, pues sí, te da un status. Lo notas cuando llega el cliente y se fija en él mientras maldice su mala suerte por no tener uno de ellos sin percatarse de que el maravilloso invento ha sido desplazado ya al otro lado de la mesa para no incordiar más.
A fin de cuentas, los jefes no tienen ni idea. Y es que, tomar decisiones desde asientos de piel después de venir una semana de crucero, no vale.